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22 Noviembre 2008

JOSE HERNANDEZ: HISTORIA Y POESIA (Segunda parte)

No es posible explicar la historia personal de José Hernández, enigma inescrutable para muchos, si no entendemos que la suya fue la parábola del federalismo provinciano desde la caída de Rosas hasta la capitalización de Buenos Aires en el ‘80. Y más aún si desgajamos su obra escrita de su itinerario de político militante y comprometido que cuando vio cerrada la posibilidad de emprender la critica de las armas -a la orden del día en aquellos años de guerra civil-, empuñó las armas de la crítica, en este caso a través de la poesía, y produjo con Martín Fierro el más genial alegato en defensa de la “barbarie” criolla frente a la civilización importada y enajenante de los adocenados intelectuales europeístas.

Sobre esta obra -incomparable “fotografía de una raza legendaria que se extingue”, como la viera Rafael Hernández- se ha derramado una larga serie de infundios, hijos en su mayoría del odio político que habita con más frecuencia de lo que se cree en la que Mitre llamaba “república platónica de las letras”. Una de esas falacias proviene del citado Lugones quien ya en sus conferencias de 1913 en el teatro Odeón, al redescubrir el poema para la elite culta, crea el mito de un Hernández mediocre, creador inconsciente de una obra genial. Carlos Alberto Leumann, en sus documentados trabajos de El poeta creador, demuestra que no se trató de la obra espontánea y repentista de un mero payador tocado momentáneamente por la gracia, sino labor de profundo estudio y larga preparación.

Por su parte, en su injustamente célebre Muerte y transfiguración de Martín Fierro, Ezequiel Martínez Estrada inaugura otra forma de detracción hernandiana: elogiar la Ida y reprobar la Vuelta, expresión de rebeldía genuina la primera y de oportunista acomodamiento a las circunstancias políticas la segunda. Si es que resulta lícito separar las dos partes del poema, cuya unidad temática y de estilo no parece aconsejar tal parcelación, la supuesta diferencia entre una y otra está claramente explicitada por las modificaciones profundas en la situación política y social de la época: el ocaso de las luchas montoneras, la escalada inmigratoria, el boom agrícola y vacuno, a lo que debe sumarse que en 1880, con el advenimiento de Roca y la federalización de Buenos Aires, se ponía fin a un siglo de guerra civil permanente. El error de muchos autores (desde Feinmann a Halperín Donghi) es exigirle a Hernández posturas que trascienden el liberalismo nacional, alberdiano al que éste siempre adhirió. Ese equívoco lleva a despropósitos como el del autor de Filosofía y Nación, quien, desde posiciones supuestamente nacionales y populares, termina elogiando al Facundo de Sarmiento -manual de liberalismo antinacional, si los hay- y condenando a Hernández como mera expresión política y literaria de la clase ganadera del litoral. Basta con transcribir este fragmento de Feinmann para advertir lo descabellado de sus conclusiones: “Facundo es el poema épico de la montonera, que expresa como ningún otro libro de nuestra literatura (más que Martín Fierro incluso, donde no hay montoneras ni caudillos ni nada que se les parezca), el momento más pleno, más heroico y nacional del gaucho: el de su resistencia contra la política de Buenos Aires”.

Nos quedaría hablar por último del príncipe de las letras argentinas. Jorge Luis Borges, siguiendo la línea de Oyuela y Coni, descontextualiza el drama social de Fierro definiéndolo como un mero personaje de ficción, un simple cuchillero de 1870 o, citando humorísticamente a Macedonio Fernández, como “un siciliano vengativo”. Abundan los escritos hernandianos, empero, que explican con lujo de detalles los avatares de su personaje como síntesis poética de la tragedia de toda una clase social. Más aún, ya el citado Subieta, contemporáneo del autor, había sabido ver esa circunstancia: “Martín Fierro -señala- no es un hombre, es una clase, una raza, casi un pueblo, es una época de nuestra vida, es la encarnación de nuestras costumbres, instituciones, creencias, vicios y virtudes, es el gaucho luchando contra las capas superiores de la sociedad que lo oprimen, es la protesta contra la injusticia, es el reto satírico contra los que pretendemos legislar y gobernar sin conocer las necesidades del pueblo, es el cuadro vivo, palpitante, natural, estereotípico, de la vida de la campaña, desde los suburbios de una gran capital hasta las tolderías del salvaje”.

Por último, también a Borges (con ayuda de Blómberg y Tiscornia) se debe la fábula de considerar a Martín Fierro -cuya primera edición es de diciembre de 1872-, un virtual plagio de Los tres gauchos orientales, poema gauchesco que el uruguayo Antonio Lussich había dado a la imprenta en junio del mismo año. Un ejemplo. Borges transcribe estos versos de Hernández:

Ansí que al venir la noche
iba a buscar mi guarida,
pues ande el tigre se anida
también el hombre lo pasa,
y no quería que en las casas
me rodiara la partida,

y los compara con estos otros, presuntamente anteriores, de Lussich:

Y ha de sobrar monte o sierra
que me abrigue en su guarida,
que ande una fiera se anida
también el hombre se encierra.

La similitud de ambas estrofas es indiscutible. Sin embargo, el erudito comentador incurrió en un pequeño desliz, enmendado en 1964 por la profesora oriental Eneida Sansone de Martínez. El gazapo borgiano consistía en comparar la primera edición de Fierro con una muy posterior -corregida y aumentada- del poema de Lussich. Allí sí se observan pasajes similares entre uno y otro poema, pero todos son añadidos por Lussich, en 1883, para la edición definitiva de su obra. Si Borges hubiera confrontado las primeras ediciones de ambos textos -operación elemental del estudioso menos avisado- habría advertido que el supuesto plagio fue a la inversa. Pero la autoridad de la firma de Borges hace que muchos, aún hoy, sigan repitiendo ese error que el maestro muerto en Ginebra jamás se ocupó en rectificar.
Y así suele escribirse la historia.

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Sobre mí

Nací en Avellaneda, me crié en San Francisco Solano y estoy radicado en La Plata desde 1982. Soy profesor de Historia, recibido en la UNLP, y me he desempeñado conduciendo programas de Tango, otra de mis pasiones, en radio Provincia de Buenos Aires (AM 1270), emisora pública del primer estado argentino, en cuya discoteca cumplo funciones desde hace más de tres lustros. He publicado “Rivadavia, las provincias y la burguesía comercial porteña” (1999), en colaboración con Norberto Galasso, y participé, con una decena de biografías, del volumen conjunto “Los Malditos” (editorial Madres de Plaza de Mayo, 2005). En 2006 obtuvo el primer premio en el concurso organizado por el SIESE de Córdoba, con la monografía “Manuel Ugarte, precursor del nacionalismo popular”. También cultivo la poesía de temática popular y lenguaje coloquial urbano. En este carácter he logrado en el año 2000 el primer premio del concurso organizado por el Círculo de Poetas Lunfardos de la ciudad de Buenos Aires, dependiente de la Academia Porteña del Lunfardo. Tengo en preparación una “Historia social del tango” y una biografía del poeta y músico Cátulo Castillo.

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